El joven

—A veces sanatorio se parece demasiado a tanatorio.
—Es que usted no lo entiende.
El sacerdote no le respondió a eso.
Los dos callaron amparados por la sombra de la marquesina. La mujer observaba a los pocos ancianos que se podían permitir bajar a pasear al patio aquellos días de calor. Había tres hombres mayores a la sombra del peral, charlando de cosas de cuando la posguerra, y les llegaba el murmullo de la conversación amortiguado por los rayos de sol. Tenía la pernera de su pantalón de enfermera manchada con un poco del barro de la entrada, donde el jardinero se había pasado regando los macizos de flores. Se lo restregó con la mano, pero se había secado. Ahora tendría que seguir con la mancha todo el día. El cura, sin embargo, iba vestido de paisano, aunque solía ponerse la camisa negra y el alzacuellos cuando pasaba a atender a los residentes un par de veces a la semana. Le daba la sensación de que así se sinceraban más.
—Mire, padre —insistió la mujer—, ya lo hablé con el director y su solución es que llame al psiquiatra. Pero yo creo que no es algo mental. Yo ya sé de otras veces, que llevo mucho tiempo trabajando con mayores, que cuando uno está a punto de morir a veces ocurren cosas raras.
—Pero no sé qué quiere que haga yo exactamente, y más cuando Alfonso es de los que nunca ha querido que pasase a visitarle. Ni se acerca a la puerta de la capilla, como si le quemase.
—Pero usted sabrá de estas cosas más que ninguno de aquí, ¿no?
—¿De qué cosas? ¿De alucinaciones?
La enfermera se sintió frustrada por el comentario, pero en vez de ofenderse decidió dar por terminada la conversación.
—Bueno —dijo poniéndose en pie y ofreciéndole al sacerdote un frío apretón de manos—, pues ya veré lo que hago.
El hombre le devolvió el gesto un poco dubitativo.
—Mira, Margarita… No es que dude de ti…
—No, no, padre, lo supongo. Usted no dudará de nadie. Pero yo tampoco voy a tratar de convencerle.
La enfermera se metió en el edificio y subió las escaleras deprisa, tratando de pensar.
Anoche creyó que el sacerdote era la mejor opción, pero no se esperaba que un tipo que se gana la vida cuidando el alma de la gente luego fuera tan descreído con lo sobrenatural.
Don Alfonso estaba muy mayor, con problemas de riñón y la tensión alta, pero la cabeza no la tenía mal, ni la había tenido nunca. No era un hombre al que se le pudiera coger cariño fácilmente, como les pasaba a algunos, que al ver que sus hijos los dejaban en una residencia se enmohecían y agriaban, y se volvían más ariscos de lo normal por la vejez. Pero Margarita prefería a estos antes que a los que lloriqueaban todo el tiempo y no desaprovechaban una oportunidad para desear que la muerte les llevase pronto. Don Alfonso, en la medida en que le dejaban sus noventa y cinco años, leía el periódico, salía al fresco cuando caía el sol y se relacionaba con el resto de residentes. Siempre tenía encendida en su cuarto una radio que debía tener casi tanto tiempo como él. Estaba al día de todo, y de todo opinaba que los jóvenes de hoy día iban a acabar con la civilización tal y como la conocemos, y que en sus tiempos vivían mucho mejor con muchas menos cosas.
Por eso era raro lo que le ocurría las últimas semanas. Había perdido peso y en ocasiones en, al entrar en su cuarto, le encontraba casi en penumbra, inmóvil, mirando un rincón junto a la ventana, cerca de los pies de la cama. Una de las veces que se lo encontró así Margarita le preguntó qué pasaba, pero don Alfonso no le dijo nada. Y Margarita no insistió. Nunca se sabe qué ocurre en la vida de un hombre que sabe que sus días se acaban.
Pero las enfermeras de noche le había dicho que las últimas noches le habían tenido que dar sedantes, porque se ponía a gritar de madrugada.
—Siempre a eso de las tres —le dijeron—, empieza a chillar como si le estuvieran arrastrando al infierno. Y no estamos para que nos despierte a toda la planta.
A Margarita le ponía los pelos de punto de las enfermeras de noche mentaran el infierno como si tal cosa. Pero más allá de eso, era para preocuparse. Desde que le sedaban, dormía estupendamente, aunque esos momentos de ausencia cada vez eran más frecuentes por el día. Sobre todo a la caída de la tarde, cuando ella se acercaba a su cuarto para ayudarle a bajar al patio.
Antes siempre la recibía con la radio puesta. Ahora parecía que don Alfonso atesoraba el silencio. En una de esas, nada más entrar, Margarita registró la habitación casi a oscuras, ya más por puro desconcierto que otra cosa. Se puso delante de él y le habló, pero don Alfonso no apartaba la vista de los pies de la cama.
—Ssshh… Margarita —le dijo el anciano—, que está hablando.
—¿Quién está hablando?
—Él. —Señaló con un dedo huesudo el vacío.
Margarita suspiró y le dio un pequeño escalofrío.
—Pues sea quien sea —dijo recomponiéndose—, que se aparte que voy a hacer la cama.
Margarita no creía que la solución fuera un poco de Orfidal. No era por ser descreída (al fin y al cabo, ella se ganaba la vida con la salud de la gente), pero hay cosas profundas del alma donde no llega ninguna pastilla. Y si el cura tampoco quería intervenir, ¿qué podía hacer ella?
Hacía unos días había intentado hablarlo con don Alfonso, pero cuando estaba lúcido se negaba a ello, como si pretendiera apartárselo a manotazos.
—Deja, deja… —le decía.
Pero en una de esas tardes, cuando Margarita volvió a encontrárselo perdido en su habitación, en vez de abrir la luz y la ventana, como solía hacer, se acercó al sillón de orejas donde descansaba el anciano y se agachó a su lado.
—¿Quién es? —le preguntó en voz baja.
El viejo tragó saliva, todavía mirando el vacío, y dijo:
—El joven.
—¿Cómo se llama?
—No lo sé.
Luego se llevó el índice a la boca, pidiendo silencio.
—¿Qué dice, don Alfonso?
—Lo que me espera.
Y justo después el anciano cerró los ojos, bajó la cabeza, y por un momento Margarita pensó que se le había ido. A la segunda sacudida don Alfonso levantó la cabeza como si nada y se quedó mirando a la enfermera.
—¿Te me vas a declarar? —le dijo socarrón.
No parecía siquiera la misma persona.
Aunque a nadie le pareciera relevante, veía que a don Alfonso aquello, lo que fuera (el joven sin nombre, que decía él) le estaba robando el trozo de vida que le quedaba.
Uno puede ser viejo, y puede estar incluso a punto de morirse, pero eso no quiere decir que tenga que renunciar a acabar bien sus días. ¿Por qué si no iba a ser ella enfermera? No es solo cuidarles, atenderles y medicarles; también es estar ahí, darles un poco de conversación y hacerles ver que, aunque solo sea media hora al día, no son simples bultos. Había veces que Margarita se sentía medio loca cuando escuchaba a algunos de sus compañeros hablar como hablaban de los viejecillos. Alguna vez se había alegrado mucho cuando al final de la temporada se acababan los contratos de algunos energúmenos.
Así que, ¿qué haría? Intentaría sacarle más información a los hijos, quizá. El anciano a veces contaba cosas de la guerra; a lo mejor tenía que ver con aquel momento en que comenzaron las pesadillas de toda una generación. No se fiaba de exorcistas ni de médiums, todos esos sacacuartos que comerciaban con lo más profundo del hombre. Pero algo se podría hacer.
Terminó de subir el tramo de gruesos escalones de piedra de aquel edificio decimonónico y giró a la derecha, en dirección al ala nueva y las habitaciones de los hombres. El pasillo, a pesar de la luz de fuera, estaba especialmente oscuro aquella tarde. Quizá, no sabía, si hablaba con Alfonso directamente, con seriedad, le contaría algo, y a lo mejor eso le aliviaba. Quería resolverlo, aunque solo fuera por quitarse de encima el escalofrío que le recorría al pensar en ello. Quizá detrás de su interés hubiera más chisme y egoísmo que lo que aparentaba, que total, a ella qué más le daba.
De repente, en medio de sus pensamientos, le pareció escuchar una voz en medio de aquel silencio, justo detrás. Pero al girarse no había nada. La puerta de don Alfonso estaba entornada.
Y dentro, casi a oscuras.
El anciano volvía a estar perdido, y estaba temblando. Parecía que no le quedaba mucho; ya había visto antes a otros así. Por desgracia, todos los que allí vivían salían en dirección al cementerio.
Con algo de pena y compasión, sin decir palabra cogió la manta de encima de la cama y se arrodilló a tapar al anciano.
Entonces (fueron apenas unos segundos), lo vio. En el reflejo del cristal de la ventana, claro e indiscutible, se veía la figura de un hombre parado a los pies de la cama, mirando a don Alfonso. Era joven, e iba vestido como de otra época. Y tenía la cabeza llena de sangre, que se le derramaba por delante de los ojos.
Margarita se echó para atrás y se quedó sentada en el suelo.
—Dice que me voy a ir con él —dijo el anciano señalándole con el dedo.