Detrás del árbol

Con aquella sensación de que el día no se acabaría nunca, de que nunca terminaría el tiempo de contención del funeral y nunca pasaría la incomodidad de las visitas llorosas, de las palabras de consuelo y el murmullo débil pero perceptible de los velatorios, decidió salir a dar un paseo y no avisó a nadie. Solo al poner el pie al otro lado de la puerta se dio cuenta de la densidad del ambiente dentro de la casa.
Su tío se había muerto hacía dos días de aquel cáncer dichoso que se coló en sus cotidianidades y sus conversaciones durante los últimos nueve meses. Ahora la tía sollozaba en el sofá del salón, pero por debajo de las ojeras la veía más descansada. Ahora por fin su madre podría dejar de cuidarla y regresar a su propia casa, que la tenía abandonada. Ahora ella ya no tendría que seguir haciéndose cargo de sus hermanos pequeños en ausencia de su madre y regresaría a su piso de estudiante en la ciudad. Todo volvería al orden.
Era triste, y no se alegraba, pero el aire fresco de la última hora de la tarde y la soledad del paisaje que rodeaba la casa estaban empezando a confortarla.
No había nadie en todos los alrededores, ni siquiera los lejanos murmullos de la carretera principal que estaba fuera de la vista, al otro lado de la montaña y del campo de visión. Estaba la luz tostada del atardecer, el viento y el olor a tierra, hierba seca y polen, algunas moscas y bichejos alados revoloteando por los templetes de flores del camino de entrada a la casa, y los tres o cuatro robles de la finca desperdigados como solían y aún verdes sin querer someterse al otoño.
Y debajo de uno de esos robles, el más lejano, el que estaba sobre el camino asfaltado, vio a su tío.
No podía negar que era su tío, porque ella había sido de las últimas en cerrar el ataúd, y eso, de entre todas las preguntas y el ruido repentino de su cabeza, no se atrevió a dudarlo. Aunque de entre todas las opciones del universo, no esperaba volver a encontrárselo. Parecía que tenía la figura emborronada por la lejanía, pero allí estaba, quieto, como esperando a algo. Giró la cabeza al verla llegar, aunque ella hacía siglos que se había detenido en el camino.
Era una sensación extraña, un hormigueo en las extremidades y un vértigo en los oídos. Aquello no estaba bien; no era bueno. Se sintió completamente desprotegida y notó la boca seca.
Entonces su tío apartó la mirada de forma brusca, se dio media vuelta y se metió detrás del tronco del árbol. Y no apareció al otro lado.