El tipo nuevo

—No me gustan las lluvias de ideas —dijo el hombre en voz baja, como si hubiera hablado para sí y su asistente no estuviera allí al lado, observándole lleno de inquietud, mientras se aflojaba la corbata al otro lado de la puerta acristalada de la sala de juntas. Y no era un buen momento para aflojarse la corbata—. No solo no me gustan, sino que son una idiotez. Y encima tienes que sonreír y dar la impresión delante de estos imbéciles de que sus ideas son valiosas y de que es un tiempo productivo para la empresa, cuando la realidad es que sus ideas valen una mierda y yo estoy perdiendo un tiempo muy valioso con esta gilipollez.
—Pero… usted organizó la reunión —dijo el asistente revisando con el rabillo del ojo su agenda.
—Lo sé. También dije que era una idea fabulosa hacer una lluvia de ideas con los jefes de departamento. —Tomó aire, resopló ruidosamente, se atusó el pelo y se ajustó las mangas de la camisa, como si la ropa le molestase en el cuerpo. Su asistente, agenda en mano, intentó no cambiar la expresión para no delatar el sudor frío que le estaba recorriendo la espalda—. Yo soy el primer imbécil de todos. Pero tengo que parecer moderno y conciliador, perder dos horas de mi tiempo escuchando memeces para después acabar tomando las mismas decisiones que hubiera tomado yo solo en mi despacho en diez minutos.
Después de eso carraspeó, atravesó la puerta y sonrió a su audiencia como si llevara años esperando aquel momento glorioso.
El asistente tardó en entrar, y lo hizo con una extraña sensación de peligro tirándole de las pantorrillas. Se sentó donde siempre, lejos de la gran mesa de juntas y de los grandes jefes, en una silla incómoda del rincón, junto a un ficus de tela que intentaba disimular lo inhóspito de la sala, dispuesto a tomar apuntes y a captar al vuelo las órdenes de su jefe para tratarlas después de la reunión.
Algo no iba bien, y no sabía a quién decírselo. Ni qué decir.
Lleva allí poco más de dos años. Los conocía todos. Era aburrido, sí, pero al menos no había muchas sorpresas. A él no le gustaban las sorpresas, ni los cambios radicales.
Pero de repente su jefe, de entre todos los jefes de la empresa, había empezado a hacer todas aquellas cosas raras.
Como aflojarse la corbata antes de entrar en una reunión, o insultar a todos sus compañeros por la espalda. Como mear en una de las columnas del parking, o chupar una de las ventanas de la sala de juntas. O pedir tres veces que le llevara un café al despacho, para darse cuenta horas después de que no se había tomado ninguno y los tenía allí, helados, encima de la mesa.
Y él le preguntó que si el café estaba malo, o algo. Y su jefe le respondió que de qué café estaba hablando.
Y nadie más se percataba de aquello porque eran detalles que solo él, su asistente, podía comprender. Si su jefe de repente se volvía arisco con sus compañeros, quizá hubiera tenido un mal día con su mujer, o con los gemelos. Era normal. Si se aflojaba la corbata quizá fuera porque estaba engordando, cosas de la edad. Quizá estaba tan ocupado que no tenía ganas de volver a entrar al edificio cuando se dio cuenta, antes de subirse al coche, de que tenía ganas de ir al baño. Y lo de chupar las ventanas, sinceramente: todos hemos cosas en privado alguna vez que serían difíciles de explicar ante un público.
Y ahora estaba allí, tan normal, sonriendo cordial, apreciando las aportaciones de los jefes de departamento, tomando notas en su iPad. Quizá se lo estaba imaginando, pensaba el asistente.
Al terminar la reunión se puso en pie para acompañar al jefe a su despacho, como siempre, para compartir con él las notas que había tomado y recibir instrucciones. Pero en vez de eso le perdió de vista.
Simplemente, no estaba.
El resto de jefes de la empresa remolonearon un poco charlando en los rincones de la sala antes de volver a su puestos. El asistente salió y dio una vuelta por la planta, sin localizar a su jefe.
Ni en los baños, ni junto a la cafetera; incluso se pasó por el despacho del director y se asomó a la puerta de cristal disimuladamente para ver si estaba allí dentro. Y nada.
Tenía la opción de llamar, entrar y comentar con el superior aquella incertidumbre, pero le daba pánico que alguno de aquellos jefazos fuera a echarle en cara que no se hubiera atrevido a comentarle su inquietud cara a cara a su jefe.
Entonces, a punto de abandonar, decidió salir al exterior. No lo pensó en un principio porque nunca había visto a su jefe salir a la calle en medio de la jornada, y menos sin su abrigo, su bufanda de lana escocesa y sus guantes hechos a medida en una mañana tan fría como aquella. Y sin embargo allí estaba, en mangas de camisa, junto a los matorrales de la verja de la entrada, contoneándose sobre sus talones, de brazos cruzados; y al acercarse escuchó cómo canturreaba algo indefinible con un tono monótono e insoportable, como una abeja atrapada detrás de una ventana.
—Perdone, jefe —disimuló el asistente, con un nudo en la garganta—. ¿Quiere que le traiga el abrigo? Aquí fuera se va a congelar.
—No lo soporto —respondió el jefe, sin mirarle.
—¿El qué?
—No, a quién. No le soporto a él.
—¿A quién?
El asistente tragó saliva y se intentó acercar.
—¿Cómo le aguantáis los demás? ¿Cómo soportáis que os trate así?
—¿Quién, jefe? —insistió el asistente.
—El tipo nuevo, ya sabes.
No, el asistente no sabía. Carraspeó.
—El que se sienta junto a Camila.
Camila, la recepcionista, no tenía nunca a nadie sentado a su lado.
—No sé a quién se refiere, señor —susurró el asistente.
—Sí que lo sabes, Ernesto, ¡venga ya! Está ahí todo el día. Esta mañana estaba en la sala de juntas. No sé qué pinta ahí ni quién le ha dado permiso.
El jefe ya no canturreaba. Se giró hacia su asistente, pero no le miró a él.
—¿Qué tiene contra mí? —dijo el jefe—. ¿Qué narices le he hecho? No le aguanto más.
Señalaba algo detrás de él, pero por mucho que el asistente se giraba y lo buscaba, solamente veía la entrada del edificio, los matorrales, el ruido de los coches de la carretera al otro lado de la verja. Comenzaba a chispear y hacía mucho frío. Solo quería que su jefe volviese dentro y dejase de decir aquellas cosas tan raras. Pero se atrevió a preguntar:
—¿A quién, jefe?
—A él. —Señaló a la puerta de la entrada, vacía, en la distancia—. Dile a ese imbécil que haga el favor de dejar de reírse de mí.