Treinta tres veces

El chico lo estaba pasando mal, porque no podía terminar de arreglar aquel aparatoso mostrenco y se le echaba el tiempo encima. «He debido hacer algo mal…», se repetía por lo bajo.
La señora de la casa lo miraba entre indignada y estupefacta, cruzada de brazos en el quicio de la puerta del salón. Por un lado, quería su televisor arreglado; por otro lado, le preocupaba los insultos que el chico parecía que no podía dejar de emitir.
—¡Bah! ¡A la mierda! —gritó él tras el enésimo chispazo lanzando sobre la alfombra un par de destornilladores con toda la desesperación del mundo.
—¿Está usted bien? —le preguntó la señora sin querer acercarse mucho. En ese momento empezó a pensar en tener el teléfono a mano y en qué le diría a la policía.
El hombre no contestó, solo se la quedó mirando como si a través de la mujer pudiese ver sus pensamientos. Tenía el pelo muy corto y oscuro y los ojos muy claros, como si no le coordinasen nada en medio de su cara de matón de discoteca. Su vecina le había asegurado que era un buen técnico, sin duda. Recalcó el «sin duda» varias veces. La mujer no creía que aquel chico fuese su ligue (una señorona de sesenta y muchos que llevaba viuda varias décadas y trataba a sus perros como personas), así que tenía que decirlo por alguna otra cosa. Pero en el tiempo que había pasado intentando arreglar el televisor entre insultos, blasfemias y golpes de desesperación, no había conseguido averiguar por qué. Y antes del miedo, comenzó a reconocer esa sensación de incomodidad que percibimos cuando alguna desgracia está a punto de suceder.
De repente el chico se puso en pie y salió corriendo dejando la puerta de la casa abierta. La mujer tardó varios instantes en empezar a dudar de que volviese, y cuando se iba a asomar a la ventana a ver (presumiblemente) cómo salía huyendo la furgoneta, le escuchó subir las escaleras.
—Escúcheme —dijo el chico, aunque no sonaba del todo a amenaza—. Esto que va a ver no se lo puede decir a nadie. Le dirá a su marido y a todos los demás que vine y simplemente arreglé el televisor, ¿está claro?
La señora frunció el ceño.
—¿O si no qué? —dijo a la defensiva. Le estaba empezando a cansar.
—O si no, usted misma, porque diga lo que diga no la van a creer.
Ella no se había dado cuenta de que el chaval traía un aparato en la mano, una especie de mando a distancia al que se le podían ver las tripas, todo lleno de cables, de conexiones y de pequeños botones parecidos a caramelitos de colores. Lo activó, apuntó al televisor, apretó un par de botones y de repente, como si hubiera habido una interferencia, el viejo televisor de la familia (no tan viejo, pero con sus años a cuestas, con un par de golpes y arañazos de haber tenido a los niños corriendo por allí, con los botones de encendido un poco gastados por los bordes) volvía a ser una pieza de tecnología nueva a estrenar. Incluso de podía percibir el olor a recién desembalado.
—Yo se lo dejaré configurado y listo para usarlo —insistió el chaval—. Pero no se lo diga a nadie.
La mujer no se atrevió a alargar la mano para tocar el aparato, pero acercó la nariz y durante unos segundos intentó comprender algo, es decir, hizo el esfuerzo consciente de intentar encontrar un sentido lógico. Y notó cómo la lógica se le escurría del pensamiento, y era una sensación incomodísima.
—¿Esto fue lo que hiciste en casa de la vecina? —fue lo único que acertó a decir.
El chico se encogió de hombros.
—¿Pero qué es eso? —insistió la mujer.
El chico vio su cara de susto y de estar a punto de llamar a la policía y cambió su expresión. Siempre le pasaba cuando tenía que usar el aparato frente a alguien. Siempre prefería no usarlo, pero cada vez con más frecuencia recurría a él, porque cada vez era más incapaz de encargarse de las cosas que siempre había hecho sin ningún problema. Y él pensaba que debía ser, sin duda, culpa del propio aparato. Un diabólico círculo vicioso.
—No sabría decirle qué es. Lo he fabricado yo. Va a pilas. Cambia el estado de las cosas.
—¿El estado?
El chico se sonrió. La estupefacción de la señora le resultaba muy entrañable.
—Mire.
Apuntó al cielo de verano con el cacharro. Aparentemente, no pasó nada, pero al apretar un botón, a los pocos segundos, comenzó a nublarse. Se empezaron a escuchar truenos a lo lejos, y los relámpagos no tardaron.
—El estado… —repitió la señora. No sabía por dónde empezar a preguntar.
—El problema —dijo el chico—, es que no se puede usar mucho. No se debería, vamos.
—¿Por qué?
—Porque cada cambio se lo tienes que devolver treinta y tres veces. Las he contado. Pueden ser distintas cosas, distintos cambios pequeños que suceden a tu alrededor, como si tuviera que compensar algo. Como si se lo tuviera que cobrar…
Al chico se le ensombreció de nuevo el rostro y regresó al estado taciturno mientas la calle se llenaba de una tormenta de verano que sorprendía a todos los transeúntes despistados.

La verdadera pregunta que se hacía la mujer y que no se atrevía a formular mientras observaba cómo el chico se centraba en configurar su «nuevo» televisor era a quién había que devolvérselo treinta y tres veces.