La niña


La niña, desde el otro lado de muro semiderruido, le chistaba. Lo hizo varias veces, hasta que terminó por cautivar su atención.
Era más o menos de su misma edad y parecía estar allí dentro jugando entre los escombros del edificio. Asomaba su cabeza por el agujero del muro y él observaba el pelo largo y rizado del color del atardecer. Pero no quería alejarse mucho de la parada por si venía el autobús. Su abuela iba con él, y ella no podía correr mucho porque tenía las piernas pesadas. Él no sabía qué era tener las piernas pesadas, pero su abuela lo repetía todo el tiempo. “No me hagas ir deprisa, Toni, que tengo las piernas pesadas”. Sabía que no debía alejarse, pero la niña insistía mucho. Tenía un vestido muy bonito. Sus hermanas mayores no tenían vestidos así de bonitos, y nunca quería jugar con él.
Y poco a poco, paso a paso, se fue acercando al muro.
Cuando ella vio que Toni se acercaba, metió la cabeza dentro y desapareció. Él estaba tan solo a unos centímetros de encontrarse con ella cuando sintió que algo le tiraba de la manga. Su abuela, con cara de preocupación, le agarró de la chaqueta y tiró de él de nuevo hacia la parada. Andaba muy deprisa a pesar de sus piernas pesadas.
Toni estuvo a punto de replicarle, pero su abuela se adelantó.
—Toni, te he dicho un montón de veces que no hay que hacer caso a los muertos. Ni hablarles, ni hacerles caso.
Después se abuela se arregló la chaquetilla y se sentó a su lado a seguir esperando el autobús.