Los dos viejecitos

Los dos viejecitos se querían mucho. Se tenían el uno al otro. Compartían el día a día y las visitas al centro de salud y a la frutería. Eran de esos abuelos privilegiados con nietos divertidos y despiertos a los que no se veían obligados a cuidar a diario. No, ellos se podían permitir ser abuelos de fin de semana, abuelos ajenos a la disciplina, felices encargados de otorgar caprichos peregrinos. Su nieto el mayor, que se llamaba Óscar y tenía nueve años, los domingos por la tarde se sentaba en la terraza de la cocina con su abuelo a hacer maquetas. Ya habían hecho un tanque del ejército y un avión de la Segunda Guerra Mundial. Ahora se atrevían con un barco velero. Iban poquito a poco, pegando pieza a pieza. Mientras tanto, escuchaban la radio o hablaban de sus cosas. A Mónica, su hermana pequeña, que todavía no había cumplido los dos años, su abuela la entretenía en el salón no fuera a ser que se tragara alguna pieza pequeña de la terraza. Bailaban, jugaban. Si hacía buen tiempo, salían a dar un paseo por el barrio y les compraban alguna golosina, cosa que siempre les recriminaban los padres cuando pasaban a recogerlos antes de la cena.
Los dos viejecitos mantenían su rutina diaria sin sobresaltos. Les había llevado años alcanzar esa paz ritual. No se levantaban muy tarde, pero tampoco muy pronto. Desayunaban en la cocina con las noticias de la mañana de fondo. Después se duchaban, recogían un poco y limpiaban la casa entre los dos, sin grandes esfuerzos. Una chica venía un par de veces al mes y limpiaba lo gordo. Ellos solo se encargaban del mantenimiento. Bajaban a hacer la compra del día, saludaban a los vecinos y a los tenderos del barrio; a veces Alfonso se quedaba un rato en el bar si había alguien conocido y se tomaba una caña o una copa de vino, que el médico le había dicho que era bueno para la salud y le parecía una excusa perfecta. Claudia se sentaba en el salón con la televisión de fondo a coser o a hacer jerséis de punto para sus hijos, sus nietos y su larga lista de sobrinos, a los que veía muy de vez en cuando pero de los que se preocupaba igual que si siguieran siendo niños pequeños.
A eso de las dos se ponía a preparar la comida. Aunque no le disgustaba cocinar, no ponía reparos cuando su marido decía de vez en cuando eso de «quita, quita, ya preparo yo algo» y le tomaba la iniciativa. Algunas tardes sus hermanos o sus cuñadas se pasaban de visita. Otras tardes se arreglaban y se marchaban ellos dos a ver qué tal le iba a Fulanito o a Menganita. Las tardes que no salían, dependiendo del frío, se iban a dar una vuelta al centro si había algo especial que comprar o se quedaban leyendo, o viendo la tele. Intentaban no tomar mucho café con la merienda, por el insomnio, y no comer mucho dulce. Ella preparaba magdalenas caseras de vez en cuando porque con la excusa de caseras parecía que se sentía menos culpable. Le pasaba lo mismo con las croquetas: pocas veces se ponía a cocinarlas, pero tenía la extraña sensación de que si eran caseras tenían menos grasa que las congeladas, aunque estuvieran freídas en el mismo aceite. A él le daba igual. Podía presumir de no tener la típica barriga cervecera del jubilado. Seguía hecho un pincel, se decía dándose palmadas en el pecho, como cuando era joven. Así que muchas veces pasaban un poco por encima de las tristes cenas al vapor que les recomendaba el médico. Él no tenía problema con las acelgas, pero había que reconocer que rehogadas, dijeran lo que dijesen, estaban mucho mejor.
No solían quedarse hasta tarde despiertos, solo si echaban alguna película, o algún programa interesante. O el Cuéntame. Pero ella prefería llevarse una manzanilla a la habitación y sentarse a leer en la cama alguna de las novelas que siempre le traía su hija, que sabía bien lo mucho que le gustaban las novelas históricas. Así, tras los títulos de crédito del programa de turno, apagaban la televisión y dejaban la casa en la paz de la penumbra y el silencio amortiguado de un barrio de vecinos. Claudia dejaba a Alfonso cerrando la casa y se iba a la cama. Él repasaba las ventanas y que el gas de la cocina estuviera apagado. Miraba con un poco de manía que el grifo del baño no gotease y se acercaba al recibidor a comprobar que la llave de la puerta estuviese echada. Después, todas las noches abría el cajón derecho del aparador de la entrada. Desde hacía años guardaban allí una sábana de color crema que ya estaba un poco vieja. Alfonso la extendía y la colocaba con destreza aprendida sobre el espejo del recibidor. Ya tenían la costumbre y ya casi nunca pensaban en ello, ni lo hablaban. Siempre lo hacían antes de que diera la una de la mañana, antes de que esa mujer de pelo negro y lacio, vestida de luto, con el rostro oculto tras una extraña sombra, se apareciera puntualmente en el espejo y se paseara por el reflejo de su casa en el otro lado.

Después Alfonso se iba a la cama, le decía buenas noches a su mujer y la mayor parte de los días caía dormido antes de que Claudia cerrase el libro.