La moneda

El día había sido lluvioso, y después de toda la tarde resguardados en casa, la noche cayó sin que se dieran cuenta. Sin mediar palabra, ella entró en el salón y encendió la lamparita, haciéndole parpadear a él, que hasta ese momento no se había percatado de que estaba a oscuras.
—¿Estás bien? —preguntó ella asomándose al cristal mojado. La pequeña ciudad estaba adormilada, casi sin vida por el chaparrón. Dentro de la casa el televisor emitía un brillo azulado y un siseo de fondo prácticamente imposible de entender. Allí dentro una locutora explicaba las imágenes de un escándalo político.
Él no contestó. No se movió del sofá. Ni siquiera parecía haberla visto. Ella se encogió de hombros y volvió a la cocina a terminar de vigilar el bizcocho del horno y a seguir leyendo su novela de espías. Al pasar le acarició la cabeza.
Él jugueteaba con una moneda en la mano y eso arrastraba toda su concentración. Le gustaban especialmente esas, que era un poco más grandes y pesadas, con dos metales diferentes.
La hacía recorrer los dedos, notando el peso y el cambio de temperatura del metal; después empezaba a sentir una especie de cosquilleo en la palma de la mano, en la zona donde empezaban a nacer los dedos. Entonces colocaba la moneda sobre el pulgar derecho, la lanzaba con un movimiento rápido y justo antes de volver a caer sobre su palma abierta la retenía en el aire. En los últimos intentos ya podía apartar la mano sin que la moneda cayese al suelo. No al menos hasta que él decidiese que tenía que caer.
Cuando descubrió aquel nuevo truco ella se pasó horas enteras a su lado en el sofá, mirándole hacerlo, asombrada, una y otra vez; la moneda subía, y la moneda no caía al suelo. Una y otra vez. Pero al cabo de unos cientos de veces, se dio cuenta de que tenía hambre. Dos días después le empezó a cansar el soniquete de la moneda chocando contra el suelo. Decidió trasladarse a la cocina, a hacer bizcochos, preparar croquetas, o cualquier otra cosa, y a leer la novela de unos espías alemanes en la Segunda Guerra Mundial que le había dejado su cuñada.

Las vacaciones se estaban haciendo interminables.