El otro vagón

El paisaje de las afueras de Madrid era el escenario de un apocalipsis desganado. Tierra yerma y construcciones a medio hacer. Ni un gramo de vegetación sobre el que descansar las pestañas en kilómetros a la redonda. El tren atravesaba el páramo de camino a alguna parte, y la llevaba a ella en sus intestinos.
El traqueteo y el sol de la tarde le apagaban el ánimo. Podría leer, escuchar música o cotillear, pero la mente se le iba al amor dolido de aquel otro cercano a su corazón al que ya no le interesaba nada de lo concerniente a la vida. Se había instalado en la miseria y pretendía compartirla con todo aquel que se le cruzase, obligando a los que conservaban fe y esperanza a apartarse de su alma corrupta. «Allá vosotros», les había dicho con mal gesto y, sin embargo, ella sabía que con el corazón roto. Y si se quedaba junto a él, acabaría rota también. Y si se marchaba, tendría que hacerse cargo de los trozos que lograse recuperar de la explosión de recuerdos.
No se había dado cuenta de que al final había cerrado los ojos.
—Amiga, no se me despiste o acabará en mal sitio.
Un hombre le había zarandeado el hombro al pasar, obligándola a deshacerse del sueño. Se había agachado un poco sobre el respaldo y no se había movido hasta que la vio despertar. Tenía las cejas pobladas y una sonrisa persistente.
«Gracias», murmuró al hombre mientras le veía atravesar la puerta hacia el otro vagón. Se lo agradeció de verdad al ver que le había faltado poco para pasarse su parada.
Se puso en pie mientras el tren frenaba, recogió su bolso y su chaqueta y se acercó a la puerta. No debía despistarse, o acabará mal. No era mal consejo. Al poner el pie en el andén giró la cabeza a ver si en el otro vagón podía ver al extraño portador de consejos. Pero no había otro vagón. Estaba en el de cola, y la puerta por la que había visto marcharse al hombre no daba a ningún sitio.