El Viejo

Aunque tenía poco más de veinte años, para ellos ya era suficiente hombre, y le entregaron una muda de ropa y un fusil.
—Cuídalos con tu vida —le dijo el oficial, aunque en aquellos días la vida valía más bien poco.
Después se unió al resto de la tropa que entre idas y venidas apenas hacían gran cosa durante el día, aparte de estar lejos de casa esperando que todo aquello de la guerra acabase pronto. Esos eran la mayoría. El resto eran unos cuantos tipos con ideales (pocos, en realidad), que actuaban por convicción, seguros de dónde estaba el bien y dónde el mal. Esos se antojaban seres como de otro mundo, salidos de un cuento o una fábula de viejo, y casi siempre prefería ignorarlos, temeroso, como si fuera a descubrir si se acercaba demasiado vería en realidad su moral de cartón piedra. Y luego estaban los sádicos que disfrutan del olor de la carne quemada y la sangre salpicando, y aquellos eran unos cuantos más. Y, asombrosamente, eran los que más medraban en el ejército.
El jefe de escuadrón era de ellos. No solo era cruel con el enemigo, sino también con los de su bando. Su crueldad cotidiana era pasearse por los barracones fumando aquel tabaco que olía tan bueno y que a saber de dónde sacaba, mientras que lo que fumaban los soldados rasos les debía estar quemando los pulmones sin mayor alegría. Cuando se le antojaba que algún soldado hacía algo inapropiado (o a veces simplemente que se le había cruzado por el camino en mal momento), lo molía a puntapiés, lo mandaba a azotar o lo encerraba unas horas, o unos días. Y ay de aquel que le llevase la contraria o rechistase. Se decía que a esos se los confundía de noche con el enemigo, y los sacaba de paseo, y mandaba al resto de soldados disparar hasta alcanzarles.
A ese le llamaban el Viejo.
Por supuesto, no a la cara. Era viejo y arrugado. Siempre tenía el ojo izquierdo entrecerrado, y aunque no debía llegar a los cincuenta (un hombre con su mala sangre no podía haber aguantado tanto tiempo vivo), estaba atravesado por arrugas y canas. Los huesos del cráneo se le traspasaban a través del pellejo, dándole es aspecto de una clavera parlante.
Alfonso se le debió haber enfrentado el día que trajo al joven al improvisado cuartel a pocos kilómetros del frente. Entonces quizá el mal no se les hubiera extendido a todos ellos por el alma como lo hizo, tiznándoles las entrañas de un modo que no hubo manera de arrancarse ni siquiera con el paso de los años. Alfonso pensaba que con un poco menos de miedo aquel día hubieran podido enfrentarse a él.
El viejo arrojó al joven al suelo del cuartel, rompiendo el distendido silencio cotidiano. Era un chaval que no llegaba a la veintena. Llevaba un zurrón de piel y ropas de montaña. Debía ser algún pastorcillo de algún pueblo de la zona. Tenía los ojos llenos de miedo.
—¿Quién quiere divertirse? —dijo el Viejo entrando triunfal detrás del zagal con una enorme sonrisa. Una sonrisa lenta que dejaba expuesta la carne huesuda por encima de los dientes.
Ninguno se movió, contagiados del pavor del joven.
No, no era un espía. Ni era el enemigo. Pero para el Viejo el enemigo comenzaba donde terminaba su pellejo, y a él se le había concedido autoridad para actuar a su antojo sin leyes civiles capaces de frenarle en tiempo de guerra.
Ninguno de los soldados respondió a la pregunta. Allí dentro debían quedar menos de una docena (los otros andaban de labores de reconocimiento, o preparando el rancho, o dando un paseo por el monte).
—Venga, animaos, gallinas —dijo el Viejo sacando su pistola del cinto, sin dejar de reírse. Como quien captura un pajarillo para arrancarle las alas solo por entretenerse.
Podían haberle parado. Eran doce contra uno. De eso Alfonso se arrepintió toda su vida.
Años después siempre le hervía la sangre al escuchar a niñatos estúpidos decir en la televisión que ellos no se arrepentían de nada. Esos malcriados, con sus ropitas bien hechas, que no habían pasado frío, que no habían tenido hambre ni una sola noche de sus malditas vidas, podían ir sonriendo diciendo esas chorradas y creyéndose sabios y aplaudidos.
Cuando aquel remordimiento le regresaba los días en que ya, años, décadas después, no podía contárselo a nadie, incapaz de volver a traer al chaval a la vida por las palabras, y le pesaba tanto que le obligaba a encerrarse en su gabinete a oscuras durante horas después de decirle a su mujer que nadie entrase a molestarle el resto de la mañana, o de la tarde, e incapaz de recobrar el ánimo y el calor en el cuerpo sumido en aquella agonía, esos días, el único alivio era rememorar la muerte del Viejo.
Cuando al fin le pusieron el cañón de su propia pistola en la cabeza, disfrazándolo todo de un ataque del enemigo para que no sospechasen de traición los del Alto Mando, Emilio, el que tomó la decisión de apretar el gatillo, tenía quemadas todavía las retinas con lo de aquel día, y tantas otras veces, pero aquella vez en especial, con aquel chaval que era hijo de alguien que quizá todavía le esperaba en casa, y que no sabía que su cadáver estaba en mitad del bosque, medio descuartizado, enterrado bajo dos metros de tierra entre los pinos, donde el Viejo mandó a Emilio a deshacerse de él mientras los otros limpiaban la sangre de las paredes.
Esa noche Emilio le preguntó si quería decir algo antes de imponer un poco de justicia en ese mundo en el que les había tocado vivir y que no se iba a encargar de enmendar nada. Luego los demás le reprocharon que por qué había tenido que decir nada. Pero en aquel momento quizá le pareció bien.
El Viejo sonrió (sí, sonrió), y les dijo:
—Si me matas, te perseguiré hasta el fin de tus días.
Emilio lo pensó un momento y le contestó:
—Así me harás compañía en este infierno.
Y entonces decidió que un tiro en la cabeza era demasiado benévolo para tanta maldad, y le descerrajó las tripas para que muriera lentamente, sabiendo que al dejarlo solo y sin sepultura en mitad del campo quizá las bestias comenzaran a comérselo antes de terminar de morirse.