Monstruos

Madrid está lleno de monstruos, y solo alguien valiente se atrevería a mirarlos de frente. Porque son realmente feos, es verdad. Pero la mayor parte de la gente no los miraría porque no sabría dónde verlos.
Los monstruos son escurridizos, se disimulan entre las sombras, aún en pleno día. Ellos recorren la ciudad todos los días, es su trabajo. Arriba y abajo, sobre todo el centro. Nadie sabe muy bien cuál es su función, pero a veces, aunque intentan pasar desapercibidos, se les ve; y es extrañamente difícil no verlos, porque son realmente feos, sombras ominosas que se ciernen en lugares insospechados. Es una especie de milagro o truco de mago experto que no se les vea más a menudo. Cuando se sienten descubiertos corren a escurrirse hasta la alcantarilla más cercana o, a veces, si están a plena luz del día, hacen ver que son estatuas.
Porque Madrid está lleno de monstruos, pero también está lleno de estatuas. Y uno nunca sabe si esa estatua lleva allí toda la vida o si la acaban de poner; y como nadie lo sabe, los monstruos se aprovechan.
A los monstruos les encantan los callejones, y los recovecos, pero, por alguna razón misteriosa, también les apasionan los parques. Parecen inofensivos, sentados a la fresca del césped de alguna explanada a la sombra de los árboles, hasta que te intentan pegar un mordisco en las pantorrillas o un arañazo en la cabeza. Nadie sabe por qué lo hacen, pero les encanta, especialmente, morder en las pantorrillas a los paseantes dispersos de los parques.
La gente normal simplemente los ignora. Bastante tienen con ocuparse de sus vidas como para quedarse observando a esos engendros. Pero hay algún valiente, de vez en cuando, que se atreve a mirarlos de frente.
Si los monstruos son extraños, esos valientes lo son aún más.
No se dejan acobardar fácilmente (hay que tener esa cualidad si uno quiere dedicarse a esto), y tampoco tienen tiempo de tonterías. Suelen ser gente alegre, a pesar de tener la peculiar afición de observar monstruos, lo cual no deja de ser paradójico; pero sin duda debe ser porque hay algo debajo de los monstruos, y de los que observan monstruos, que está lejos de lo común. Cuando uno de esos monstruos se siente observado por uno de esos valientes, no sabe qué hacer. No están acostumbrados a ser vistos, sino a hacer y a deshacer a su antojo, a recorrer la ciudad, a esconderse donde les plazca y a no detenerse ante nada. Pero los valientes les detienen.
Los monstruos no saben qué esperar de ellos. ¿Atacarán? ¿Se moverán? Parece mentira, pero los monstruos les tienen miedo.

Pesadillas

He vuelto a hacer el viaje, y no se lo recomiendo a nadie. Al contrario de lo que sucede en las historias de ciencia-ficción, nadie en su sano juicio lo haría más de una vez. Puede que la primera venciera la curiosidad, y que la segunda cayeras en la trampa de nuevo por ver si había sido cierto lo que había pasado. Pero yo ya he visto a muchos antes que a mí carcomidos y con el alma desintegrada por no poder dejar de viajar en el tiempo a los lugares que les pueblan los recuerdos y las pesadillas. Mueren en pedazos, desgajados entre los mundos que ya no existen; pierden su alma primero, después su cordura, y luego sus cuerpos.
El viaje no tiene grandes efectos especiales y se hace en silencio. Y con disimulo. Cuando llegas eres un intruso que lo observa todo con los ojos desorbitados, y debes tener cuidado de no despertar sospechas. La primera ocasión se te para el corazón y sientes que el tiempo transcurre un poco más espeso entre tus músculos. Como si estuvieras ocupando un lugar que no te pertenece y te peleases con la materia para que te dejara un hueco. Como no quieres desperdiciar el tiempo, enseguida te enderezas y sales a pasear, o quizá ni eso, sales a quedarte en un rincón de la calle observando una realidad imposible.
Lo más difícil no es la visión, porque, al fin y al cabo, la existencia de la fotografía nos ha inmunizado contra ese choque. Pero el resto de sentidos no se sienten nunca preparados para el cambio.
Recuerdo estar parado en una calle cerca de Fuencarral, una mañana de abril de principios de los ochenta, incapaz de moverme porque hasta mí llegaba de algún lugar indefinido el olor a pan recién horneado y a bollos de los que solo existían entonces. Y ese olor me despertaba recuerdos, y esos recuerdos chocaban contra lo que estaba observando, y me producían un conflicto interno, un asombro, un abismo tan insondable, que sentía que si respiraba muy profundo rompería el tejido del universo y todo volvería a esfumarse para siempre.
Es imposible de describir.
Aquel día paseé unos metros, llegué a Gran Vía. Acariciaba las fachadas de los edificios disimuladamente, porque tenían otra textura. Observaba a la gente, ajena a mí, el contorno de sus ropas al contraluz. Acariciaba con la suela del zapato los bordillos y el asfalto viejo. Nada de eso quedaba ahora en mi mundo, y sin embargo volvía a existir.
Tenía unas pocas pesetas encima y las acariciaba dentro del bolsillo del pantalón. Las giraba, buscaba su contorno, el relieve de las letras. Las volvía a girar. Respiraba muy despacio, porque me costaba.
Tomé un autobús de aquellos antiguos con las barras blancas y los asientos de plástico. Viajé hasta el barrio de mi niñez dejándome golpear por el trayecto. Es muy doloroso cuando tus recuerdos se funden con lo que captan tus sentidos. En pequeñas dosis, quizá, puede ser soportable.
Lo peor es todo aquello que no ves. El sonido de la radio del conductor del autobús, las sintonías del viejo mundo. La luz del sol. El olor a gasolina, plástico y humanidad. El tacto de los asientos, de la barra para agarrarse. La sensación de un sol que no me corresponde incitándome al amodorramiento.
Todo está como era antes, en mi memoria. Los edificios aún no han sido derribados, las tiendas todavía no han cerrado. Tampoco han tirado muretes ni vallas, ni se han muerto los árboles de la avenida por la plaga de dentro de diez años. No existe el paso subterráneo bajo las vías, hay que subir a la pasarela. Cada segundo, cada centímetro, reverdece mis recuerdos y me provoca un dolor indescifrable.
Entiendo por qué muchos que me precedieron se volvieron locos y acabaron muertos. Después de haber regresado a este sitio de tu infancia que ya no existe, ya no vuelves a soñar con él: solo puedes tener pesadillas. Nuestro cerebro no está hecho para revivir estos recuerdos con esta viveza. Te quita el aliento, te encoge el estómago, te anula la visión. Te destruye el juicio. Nos pasamos la vida deseando poder volver a ese lugar en el que estuvimos de niños y que ahora no existe. Y ahora entiendo que es mejor que no exista. Es un millón de veces mejor el recuerdo perdido de algo a lo que no puedes regresar, que poder regresar y perderte dentro de la maraña de tu memoria, y quedar atrapado allí dentro, en un bucle imposible.