20 de mayo de 1981

El hombre se lo dijo: "Se trata de una máquina del tiempo", como si nada. Pero ella no tenía que fijarse en eso. Solo tenía que entrar, copiar unas coordenadas y salir. 
Y ella era la experta en entrar y salir de sitios. Porque, por alguna razón, la gente que se dedicaba a la seguridad aún no había comprendido que, por muy rápido que alguien huyese, si tenía la oportunidad, no siempre huiría hacia delante. 
Aquella vez no fue diferente.
Entró en silencio y a oscuras, como era habitual. Recorrió la base y encontró la sala, y pudo entrar sin problema. Como siempre, dejó un tope que ella misma había diseñado en el umbral de la puerta que evitaba que se cerrase del todo pero que aparentaba estar cerrada desde fuera. Y aunque había memorizado los planos y las indicaciones que le dio el hombre, no pudo evitar sorprenderse al ver el resplandor que emanaba de la estructura. Se quedó unos segundos allí, como una sombra, observando. Después intentó acordarse de todo lo que tenía que hacer.
Buscó la cámara de seguridad con la mirada y la encontró justo delante de ella, más arriba de la puerta. Con su agilidad característica, cogió la pegatina de su bolsillo, trepó con un par de saltos por la pared y antes de que la cámara pudiese enfocar su rostro, puso la pegatina en el objetivo. Aquel truco tonto siempre le daba algunos minutos; hasta que algún guardia se daba cuenta, siempre creían que se había desconfigurado. Pero no eran más que unos minutos. 
Su ordenador era el tercero desde la puerta. Contó, lo encendió, aguzó el oído al exterior mientras se cargaba el programa de inicio. Intentó no desesperarse. Introdujo las claves que había memorizado. Buscó el directorio que le habían indicado.
El hombre le había dicho: "El único modo de copiar las coordenadas es dando inicio a un proceso de salto". Y eso hizo.
La luz líquida de la estructura se intensificó. Tomó un tono azul peculiar que nunca había visto en nada. Se oyó un zumbido de fondo, y un pequeño murmullo de pasos al otro lado de la puerta. Parecía que ya se habían dado cuenta.
Sacó la cámara y fotografió la retahíla de números y letras que aparecieron en el ordenador al iniciar el proceso. Se guardó la pequeña cámara en uno de los bolsillos y se dispuso a marcharse. No le daba tiempo a borrar su rastro aquella vez. 
El zumbido de la estructura no le permitía aguzar el oído a lo que había al otro lado de la puerta, así que se pegó detrás de ella y no le dio tiempo a prepararse antes de que los guardias entrasen. Eran dos. Civiles. Con pinta de pocas luces. Entraron en la sala y se quedaron, como ella, petrificados ante la visión de la luz de la estructura. Pero cuando giraron la vista al ordenador, se dieron cuenta de que algo iba mal. Ella esperó hasta que lo comprendieron para huir.
Corrieron tras ella por los pasillos en penumbra dando voces y delatando constantemente su posición sin que ella tuviese necesidad de girarse a comprobarlo visualmente. Ella corría y contaba mientras tanto los desvíos a su derecha que se había aprendido en los planos. Uno, dos, tres. Al cuarto frenó en seco su carrera, lanzó una pelota metálica hacia las escaleras que había a la izquierda y trepó por la pared para esconderse en un recodo del falso techo.
Como suponía, cuando los guardias llegaron hasta su posición siguieron escaleras abajo creyendo que el ruido de la pelota era el de sus pasos. Entonces ella bajó y regresó en dirección a la salida norte.
En principio, aquella vez no tendría que haber sido diferente. Sin embargo, desde hacía tiempo se temía que alguna vez las cosas no saldrían como estaba planeado. Cuando llegó al pasillo que daba a la salida norte, una luz de linterna la enfocó de repente, sin darle tiempo a reaccionar. Permaneció unos segundos pensativa, con el guardia que le había dado el alto acercándose despacio y amenazándola con cosas a las que ella no prestó atención.
No tenía otra salida cerca. Y el tipo aquel ya avisaba a sus compañeros, que subirían. Su mente procesó los datos con su habitual agilidad y solo llegó a una conclusión.
Se giró y echó a correr hacia el otro lado del pasillo. No iba a regresar, ya lo haría después. Ahora había que evitar que la pillaran como fuera. Su tope seguía en su sitio, así que pudo abrir sin problema la puerta del laboratorio, y esta vez sí que cerró bien. Eso le daría unos segundos. 
La estructura brillaba, y en sus tripas metálicas iluminadas parecía que se abría un hueco. La máquina estaba lista, solo tenía que cruzar. Los guardias comenzaron a golpear la puerta para forzar la cerradura de seguridad. Cuando vieron que no podían, dispararon al pomo. Uno, dos disparos.
Ella pensó que lo más coherente era cerrar el rastro. Se había estudiado bien la información del hombre y sabía que tendría unos segundos antes de que se cerrase el portal una vez diese la orden de interrumpir el proceso. Y eso hizo.
Tres disparos.
Proceso interrumpido. El portal se comienza a cerrar. Los guardias entran. Ella corre hacia la luz.
Se introduce en aquella viscosidad metálica que, sin embargo, parece dolorosamente fría a través de la ropa. Le da tiempo a ver la cara de horror de los guardias al ver lo que está ocurriendo. Ve cómo uno de ellos dispara, pero la bala nunca llega a alcanzarla.
El portal se cierra.
Al otro lado le duelen las pupilas por el contraste de la oscuridad a la terrible luz del mediodía. No sabe cómo ha llegado allí, al medio de un parque, a un hueco entre dos pinos. Se escuchan pájaros y una carretera con mucho trajín de coches no demasiado lejos. Hay edificios de ladrillo, con balcones pequeños y toldos verdosos, típicos de viviendas de protección oficial.
Pero de hace mucho tiempo.
Se quita el gorro y se deja el pelo suelto. Se acerca a la carretera y los coches parecen ir rápido, pero a ella le parece que van muy lentos. Son todos antiguos, pero nuevos. Uno le pasa rozando y reacciona: se había acercado demasiado. Se echa para atrás y echa a andar sin saber a dónde va por el único camino disponible hasta una plazoleta con un kiosko a la entrada del parque.
Lo que le pone más nerviosa no es no saber cómo regresar, ni desconocer dónde se encuentra, sino la terrible sensación de estar presente en un tiempo y un lugar que no le corresponden. Esa sensación le empieza a subir incómoda por la espalda. Y que todo sea tan terriblemente real. El kioskero la observa unos segundos y le pregunta si está bien. Ella observa los periódicos del día: 20 de mayo de 1981. No tiene buena pinta.

El tipo nuevo

—No me gustan las lluvias de ideas —dijo el hombre en voz baja, como si hubiera hablado para sí y su asistente no estuviera allí al lado, observándole lleno de inquietud, mientras se aflojaba la corbata al otro lado de la puerta acristalada de la sala de juntas. Y no era un buen momento para aflojarse la corbata—. No solo no me gustan, sino que son una idiotez. Y encima tienes que sonreír y dar la impresión delante de estos imbéciles de que sus ideas son valiosas y de que es un tiempo productivo para la empresa, cuando la realidad es que sus ideas valen una mierda y yo estoy perdiendo un tiempo muy valioso con esta gilipollez.
—Pero… usted organizó la reunión —dijo el asistente revisando con el rabillo del ojo su agenda.
—Lo sé. También dije que era una idea fabulosa hacer una lluvia de ideas con los jefes de departamento. —Tomó aire, resopló ruidosamente, se atusó el pelo y se ajustó las mangas de la camisa, como si la ropa le molestase en el cuerpo. Su asistente, agenda en mano, intentó no cambiar la expresión para no delatar el sudor frío que le estaba recorriendo la espalda—. Yo soy el primer imbécil de todos. Pero tengo que parecer moderno y conciliador, perder dos horas de mi tiempo escuchando memeces para después acabar tomando las mismas decisiones que hubiera tomado yo solo en mi despacho en diez minutos.
Después de eso carraspeó, atravesó la puerta y sonrió a su audiencia como si llevara años esperando aquel momento glorioso.
El asistente tardó en entrar, y lo hizo con una extraña sensación de peligro tirándole de las pantorrillas. Se sentó donde siempre, lejos de la gran mesa de juntas y de los grandes jefes, en una silla incómoda del rincón, junto a un ficus de tela que intentaba disimular lo inhóspito de la sala, dispuesto a tomar apuntes y a captar al vuelo las órdenes de su jefe para tratarlas después de la reunión.
Algo no iba bien, y no sabía a quién decírselo. Ni qué decir.
Lleva allí poco más de dos años. Los conocía todos. Era aburrido, sí, pero al menos no había muchas sorpresas. A él no le gustaban las sorpresas, ni los cambios radicales.
Pero de repente su jefe, de entre todos los jefes de la empresa, había empezado a hacer todas aquellas cosas raras.
Como aflojarse la corbata antes de entrar en una reunión, o insultar a todos sus compañeros por la espalda. Como mear en una de las columnas del parking, o chupar una de las ventanas de la sala de juntas. O pedir tres veces que le llevara un café al despacho, para darse cuenta horas después de que no se había tomado ninguno y los tenía allí, helados, encima de la mesa.
Y él le preguntó que si el café estaba malo, o algo. Y su jefe le respondió que de qué café estaba hablando.
Y nadie más se percataba de aquello porque eran detalles que solo él, su asistente, podía comprender. Si su jefe de repente se volvía arisco con sus compañeros, quizá hubiera tenido un mal día con su mujer, o con los gemelos. Era normal. Si se aflojaba la corbata quizá fuera porque estaba engordando, cosas de la edad. Quizá estaba tan ocupado que no tenía ganas de volver a entrar al edificio cuando se dio cuenta, antes de subirse al coche, de que tenía ganas de ir al baño. Y lo de chupar las ventanas, sinceramente: todos hemos cosas en privado alguna vez que serían difíciles de explicar ante un público.
Y ahora estaba allí, tan normal, sonriendo cordial, apreciando las aportaciones de los jefes de departamento, tomando notas en su iPad. Quizá se lo estaba imaginando, pensaba el asistente.
Al terminar la reunión se puso en pie para acompañar al jefe a su despacho, como siempre, para compartir con él las notas que había tomado y recibir instrucciones. Pero en vez de eso le perdió de vista.
Simplemente, no estaba.
El resto de jefes de la empresa remolonearon un poco charlando en los rincones de la sala antes de volver a su puestos. El asistente salió y dio una vuelta por la planta, sin localizar a su jefe.
Ni en los baños, ni junto a la cafetera; incluso se pasó por el despacho del director y se asomó a la puerta de cristal disimuladamente para ver si estaba allí dentro. Y nada.
Tenía la opción de llamar, entrar y comentar con el superior aquella incertidumbre, pero le daba pánico que alguno de aquellos jefazos fuera a echarle en cara que no se hubiera atrevido a comentarle su inquietud cara a cara a su jefe.
Entonces, a punto de abandonar, decidió salir al exterior. No lo pensó en un principio porque nunca había visto a su jefe salir a la calle en medio de la jornada, y menos sin su abrigo, su bufanda de lana escocesa y sus guantes hechos a medida en una mañana tan fría como aquella. Y sin embargo allí estaba, en mangas de camisa, junto a los matorrales de la verja de la entrada, contoneándose sobre sus talones, de brazos cruzados; y al acercarse escuchó cómo canturreaba algo indefinible con un tono monótono e insoportable, como una abeja atrapada detrás de una ventana.
—Perdone, jefe —disimuló el asistente, con un nudo en la garganta—. ¿Quiere que le traiga el abrigo? Aquí fuera se va a congelar.
—No lo soporto —respondió el jefe, sin mirarle.
—¿El qué?
—No, a quién. No le soporto a él.
—¿A quién?
El asistente tragó saliva y se intentó acercar.
—¿Cómo le aguantáis los demás? ¿Cómo soportáis que os trate así?
—¿Quién, jefe? —insistió el asistente.
—El tipo nuevo, ya sabes.
No, el asistente no sabía. Carraspeó.
—El que se sienta junto a Camila.
Camila, la recepcionista, no tenía nunca a nadie sentado a su lado.
—No sé a quién se refiere, señor —susurró el asistente.
—Sí que lo sabes, Ernesto, ¡venga ya! Está ahí todo el día. Esta mañana estaba en la sala de juntas. No sé qué pinta ahí ni quién le ha dado permiso.
El jefe ya no canturreaba. Se giró hacia su asistente, pero no le miró a él.
—¿Qué tiene contra mí? —dijo el jefe—. ¿Qué narices le he hecho? No le aguanto más.
Señalaba algo detrás de él, pero por mucho que el asistente se giraba y lo buscaba, solamente veía la entrada del edificio, los matorrales, el ruido de los coches de la carretera al otro lado de la verja. Comenzaba a chispear y hacía mucho frío. Solo quería que su jefe volviese dentro y dejase de decir aquellas cosas tan raras. Pero se atrevió a preguntar:
—¿A quién, jefe?
—A él. —Señaló a la puerta de la entrada, vacía, en la distancia—. Dile a ese imbécil que haga el favor de dejar de reírse de mí.