Pesadillas

He vuelto a hacer el viaje, y no se lo recomiendo a nadie. Al contrario de lo que sucede en las historias de ciencia-ficción, nadie en su sano juicio lo haría más de una vez. Puede que la primera venciera la curiosidad, y que la segunda cayeras en la trampa de nuevo por ver si había sido cierto lo que había pasado. Pero yo ya he visto a muchos antes que a mí carcomidos y con el alma desintegrada por no poder dejar de viajar en el tiempo a los lugares que les pueblan los recuerdos y las pesadillas. Mueren en pedazos, desgajados entre los mundos que ya no existen; pierden su alma primero, después su cordura, y luego sus cuerpos.
El viaje no tiene grandes efectos especiales y se hace en silencio. Y con disimulo. Cuando llegas eres un intruso que lo observa todo con los ojos desorbitados, y debes tener cuidado de no despertar sospechas. La primera ocasión se te para el corazón y sientes que el tiempo transcurre un poco más espeso entre tus músculos. Como si estuvieras ocupando un lugar que no te pertenece y te peleases con la materia para que te dejara un hueco. Como no quieres desperdiciar el tiempo, enseguida te enderezas y sales a pasear, o quizá ni eso, sales a quedarte en un rincón de la calle observando una realidad imposible.
Lo más difícil no es la visión, porque, al fin y al cabo, la existencia de la fotografía nos ha inmunizado contra ese choque. Pero el resto de sentidos no se sienten nunca preparados para el cambio.
Recuerdo estar parado en una calle cerca de Fuencarral, una mañana de abril de principios de los ochenta, incapaz de moverme porque hasta mí llegaba de algún lugar indefinido el olor a pan recién horneado y a bollos de los que solo existían entonces. Y ese olor me despertaba recuerdos, y esos recuerdos chocaban contra lo que estaba observando, y me producían un conflicto interno, un asombro, un abismo tan insondable, que sentía que si respiraba muy profundo rompería el tejido del universo y todo volvería a esfumarse para siempre.
Es imposible de describir.
Aquel día paseé unos metros, llegué a Gran Vía. Acariciaba las fachadas de los edificios disimuladamente, porque tenían otra textura. Observaba a la gente, ajena a mí, el contorno de sus ropas al contraluz. Acariciaba con la suela del zapato los bordillos y el asfalto viejo. Nada de eso quedaba ahora en mi mundo, y sin embargo volvía a existir.
Tenía unas pocas pesetas encima y las acariciaba dentro del bolsillo del pantalón. Las giraba, buscaba su contorno, el relieve de las letras. Las volvía a girar. Respiraba muy despacio, porque me costaba.
Tomé un autobús de aquellos antiguos con las barras blancas y los asientos de plástico. Viajé hasta el barrio de mi niñez dejándome golpear por el trayecto. Es muy doloroso cuando tus recuerdos se funden con lo que captan tus sentidos. En pequeñas dosis, quizá, puede ser soportable.
Lo peor es todo aquello que no ves. El sonido de la radio del conductor del autobús, las sintonías del viejo mundo. La luz del sol. El olor a gasolina, plástico y humanidad. El tacto de los asientos, de la barra para agarrarse. La sensación de un sol que no me corresponde incitándome al amodorramiento.
Todo está como era antes, en mi memoria. Los edificios aún no han sido derribados, las tiendas todavía no han cerrado. Tampoco han tirado muretes ni vallas, ni se han muerto los árboles de la avenida por la plaga de dentro de diez años. No existe el paso subterráneo bajo las vías, hay que subir a la pasarela. Cada segundo, cada centímetro, reverdece mis recuerdos y me provoca un dolor indescifrable.
Entiendo por qué muchos que me precedieron se volvieron locos y acabaron muertos. Después de haber regresado a este sitio de tu infancia que ya no existe, ya no vuelves a soñar con él: solo puedes tener pesadillas. Nuestro cerebro no está hecho para revivir estos recuerdos con esta viveza. Te quita el aliento, te encoge el estómago, te anula la visión. Te destruye el juicio. Nos pasamos la vida deseando poder volver a ese lugar en el que estuvimos de niños y que ahora no existe. Y ahora entiendo que es mejor que no exista. Es un millón de veces mejor el recuerdo perdido de algo a lo que no puedes regresar, que poder regresar y perderte dentro de la maraña de tu memoria, y quedar atrapado allí dentro, en un bucle imposible.

Treinta tres veces

El chico lo estaba pasando mal, porque no podía terminar de arreglar aquel aparatoso mostrenco y se le echaba el tiempo encima. «He debido hacer algo mal…», se repetía por lo bajo.
La señora de la casa lo miraba entre indignada y estupefacta, cruzada de brazos en el quicio de la puerta del salón. Por un lado, quería su televisor arreglado; por otro lado, le preocupaba los insultos que el chico parecía que no podía dejar de emitir.
—¡Bah! ¡A la mierda! —gritó él tras el enésimo chispazo lanzando sobre la alfombra un par de destornilladores con toda la desesperación del mundo.
—¿Está usted bien? —le preguntó la señora sin querer acercarse mucho. En ese momento empezó a pensar en tener el teléfono a mano y en qué le diría a la policía.
El hombre no contestó, solo se la quedó mirando como si a través de la mujer pudiese ver sus pensamientos. Tenía el pelo muy corto y oscuro y los ojos muy claros, como si no le coordinasen nada en medio de su cara de matón de discoteca. Su vecina le había asegurado que era un buen técnico, sin duda. Recalcó el «sin duda» varias veces. La mujer no creía que aquel chico fuese su ligue (una señorona de sesenta y muchos que llevaba viuda varias décadas y trataba a sus perros como personas), así que tenía que decirlo por alguna otra cosa. Pero en el tiempo que había pasado intentando arreglar el televisor entre insultos, blasfemias y golpes de desesperación, no había conseguido averiguar por qué. Y antes del miedo, comenzó a reconocer esa sensación de incomodidad que percibimos cuando alguna desgracia está a punto de suceder.
De repente el chico se puso en pie y salió corriendo dejando la puerta de la casa abierta. La mujer tardó varios instantes en empezar a dudar de que volviese, y cuando se iba a asomar a la ventana a ver (presumiblemente) cómo salía huyendo la furgoneta, le escuchó subir las escaleras.
—Escúcheme —dijo el chico, aunque no sonaba del todo a amenaza—. Esto que va a ver no se lo puede decir a nadie. Le dirá a su marido y a todos los demás que vine y simplemente arreglé el televisor, ¿está claro?
La señora frunció el ceño.
—¿O si no qué? —dijo a la defensiva. Le estaba empezando a cansar.
—O si no, usted misma, porque diga lo que diga no la van a creer.
Ella no se había dado cuenta de que el chaval traía un aparato en la mano, una especie de mando a distancia al que se le podían ver las tripas, todo lleno de cables, de conexiones y de pequeños botones parecidos a caramelitos de colores. Lo activó, apuntó al televisor, apretó un par de botones y de repente, como si hubiera habido una interferencia, el viejo televisor de la familia (no tan viejo, pero con sus años a cuestas, con un par de golpes y arañazos de haber tenido a los niños corriendo por allí, con los botones de encendido un poco gastados por los bordes) volvía a ser una pieza de tecnología nueva a estrenar. Incluso de podía percibir el olor a recién desembalado.
—Yo se lo dejaré configurado y listo para usarlo —insistió el chaval—. Pero no se lo diga a nadie.
La mujer no se atrevió a alargar la mano para tocar el aparato, pero acercó la nariz y durante unos segundos intentó comprender algo, es decir, hizo el esfuerzo consciente de intentar encontrar un sentido lógico. Y notó cómo la lógica se le escurría del pensamiento, y era una sensación incomodísima.
—¿Esto fue lo que hiciste en casa de la vecina? —fue lo único que acertó a decir.
El chico se encogió de hombros.
—¿Pero qué es eso? —insistió la mujer.
El chico vio su cara de susto y de estar a punto de llamar a la policía y cambió su expresión. Siempre le pasaba cuando tenía que usar el aparato frente a alguien. Siempre prefería no usarlo, pero cada vez con más frecuencia recurría a él, porque cada vez era más incapaz de encargarse de las cosas que siempre había hecho sin ningún problema. Y él pensaba que debía ser, sin duda, culpa del propio aparato. Un diabólico círculo vicioso.
—No sabría decirle qué es. Lo he fabricado yo. Va a pilas. Cambia el estado de las cosas.
—¿El estado?
El chico se sonrió. La estupefacción de la señora le resultaba muy entrañable.
—Mire.
Apuntó al cielo de verano con el cacharro. Aparentemente, no pasó nada, pero al apretar un botón, a los pocos segundos, comenzó a nublarse. Se empezaron a escuchar truenos a lo lejos, y los relámpagos no tardaron.
—El estado… —repitió la señora. No sabía por dónde empezar a preguntar.
—El problema —dijo el chico—, es que no se puede usar mucho. No se debería, vamos.
—¿Por qué?
—Porque cada cambio se lo tienes que devolver treinta y tres veces. Las he contado. Pueden ser distintas cosas, distintos cambios pequeños que suceden a tu alrededor, como si tuviera que compensar algo. Como si se lo tuviera que cobrar…
Al chico se le ensombreció de nuevo el rostro y regresó al estado taciturno mientas la calle se llenaba de una tormenta de verano que sorprendía a todos los transeúntes despistados.

La verdadera pregunta que se hacía la mujer y que no se atrevía a formular mientras observaba cómo el chico se centraba en configurar su «nuevo» televisor era a quién había que devolvérselo treinta y tres veces.